De cómo Cuentos Asombrosos decidió mi futuro


Parecen inofensivas pero las carga el diablo

¿Sabéis que a las pajitas las carga el Diablo? Es increíble que esto me haya podido ocurrir a mí, que soy una muchacha tan temerosa de Dios y con un conocimiento tan vasto de la cultura cinematográfica pop… ¿Que qué es lo que me ha pasado? ¿Es que no habéis leído las anotaciones de hace unos días o cómo va esto?… ¡He vendido mi alma cual estúpido Fausto versión 3.1 o posterior!

Recordáis esa carta que me mandaron en una caja y con un libro, ¿no? Pues no era un paquete de Gene Wilder, aunque tendréis que estar de acuerdo conmigo en que lo de “Hombre de Rojo” puede desconcertar al más pintado guionista.

Nada más leer la carta, sentí unas ganas atroces de hacerme mucha pupa en el dedo para firmarla como manda el diablo y me temí lo peor cuando mi mano se abalanzó sin mi expreso consentimiento hacia el cajón de los objetos cortantes y/o punzantes que siempre dejo a buen recaudo.

La luz del fluorescente se reflejó en la hoja bien afilada de la puntilla para verdura y ya empezaba a notar el vago eco de los miembros amputados cuando mi mano abandonó el arma mutiladora y se lanzó al armario de la vajilla desechable para hacerse con una pajita.

Como lo oyes.

Está claro que Satanás fue guionista de McGiver. Cualquiera sabe que si tienes una Mente Maléfica y la alimentas con superglue, cagadas de paloma y un par de tirachinas, al final te sale un arma de destrucción masiva. Así que, ¿qué sería capaz de hacer con una puntilla y una pajita? Y qué hombre tan interesante este Richard Dean Anderson, ¿no?

Por mi mente pasaron un montón de capítulos de Urgencias y House relacionados con traqueotomías, bolígrafos mugrientos y chorros de sangre directos a la cara del protagonista, pero mis manos no estaban interesadas en mi laringe, sino en hacer manualidades, y empezaron a esculpir en el extremo de la pajita (con la puntilla verdulera) una punta como las de las típicas plumas antiguas (y yo que pensé que había olvidado todas las habilidades que aprendí en los libros de los Jóvenes Castores).

Esta momentánea alegría por la recuperación de antiguas destrezas terminó cuando la punta de la pajita me pareció lo suficientemente amenazadora. Sin embargo, ya nada podía hacer. Me pinché el dedo con el Arma de Escritura Masiva y firmé con mi propia sangre la compra-venta de esta alma exigua. El papelajo se autodestruyó ipso facto e impidió que hiciese un escaneo de la carta por si la necesitaba más adelante.

Si jugáis con fuego... os quemaréis. Estáis avisados.

Todavía andaba chupándome el dedo cuando se me ocurrió que Satanás se debió fijar en mi el día que, desoyendo a mi venerable y juiciosa abuela, decidí meterme sola en la sala 4 a ver “Cuentos Asombrosos: la película” mientras ella veía cosas menos diabólicas en la sala 5.

A la tierna edad de 7 años y siguiendo la (ahora lo entiendo) mala influencia de Mary Stuart Masterson, una muchacha con mini falda que me pareció el súmmum de lo guay, empecé a rayar los vinilos de mis parientes buscando mensajes malignos al reproducirlos hacia atrás. Luego pasé a recortar fotos de mis archienemigas por el cuello lanzando sortilegios asesinos. Pero… ¿qué era eso? Nada.

¿Es que no os habíais dado cuenta de que era cine? ¿Acaso Christopher Lloyd va por el mundo descabezado? ¡No, claro que no!

Pero para el Hombre de Rojo, yo ya apuntaba maneras.

Acerca de La Guionista Famélica

La Guionista Famélica.
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