Antoine Michelon


A través de las pesadas cortinas, en la línea del horizonte sobre el mar, el sol se oculta, mientras yates con helicópteros surcan la costa y esbeltas muchachas toman Dom Perignon en sus cubiertas.

En el interior todo goza de un aura crepuscular y el aire está plagado de diminutas partículas doradas que sólo pueden disfrutarse a estas horas. Sobre el pesado aparador del siglo diecinueve descansan un puñado de marcos polvorientos. Son fotos de una familia que sin duda fue feliz en otros tiempos. Tres niñas vestidas de blanco y sus padres, sonríen joviales, cristalizados en el tiempo.

La cama, vestida con esmero con una colcha amarillenta por el desuso, ocupa el lugar de honor de la estancia. Y sobre la colcha, un maletín de piel negra, ajado y abierto, espera paciente, ser de alguna utilidad.

La habitación se comunica con un baño privado. Frente al espejo, Antoine Michalon retoca su cabello con diligencia. Un peine de carey repasa obsesivamente los ondulados mechones entrecanos hasta que parecen brillar. El hombre se pasa las manos por las mejillas y el mentón, asegurando que su piel está convenientemente rasurada; todo él permanece suspendido en una edad ambigua de porte galante y almidonado. Luego, se ajusta con mimo una pajarita blanca y sale del baño.

Cerca de la cama hay un galán de noche rumiado por las termitas del que Antoine recoge una impoluta americana. La hechura encaja con sus hombros como si estuviese recién confeccionada. Pasa las manos por las solapas y retoca el pañuelo blanco que cerca de su corazón desbocado palpita al son de sus pensamientos.

Michalon, con paso firme, alcanza el aparador. Se ve reflejado en los cenicientos cristales y un súbito momento de turbación recorre su perfil aguileño. Los labios se contraen formando una línea y los ojos confusos, se cierran un momento. Una lágrima brota furtiva, deslizándose y perdiéndose entre el cuello de la camisa.

Las manos temblorosas, ya manchadas por la edad, abren un cajón con la seguridad de las acciones muchas veces repetidas. En el interior, una carpeta descolorida y un pequeño revólver se hacen compañía. Michalon acaricia el arma con la yema de los dedos y saca la carpeta con la otra mano, abandonando la pistola. Luego cierra el cajón y abre los ojos.

Soy un cobarde, piensa.

Se da media vuelta e introduce la carpeta en el maletín.

———————–

Decenas de coches con chofer desfilan frente al Casino de Monte-Carlo. Caballeros de etiqueta sobornan a los porteros para conseguir esto o lo otro, y damas con deslumbrantes joyas desfilan frente a las puertas, esperando encontrar al heredero de sus sueños. Desde el interior, miles de bombillas amarillentas confieren un aire mágico a la joya de la corona monegasca, que como un eterno pastel de nata espera ser devorado por la codicia humana.

Antoine desciende de un taxi negro y reluciente. Ofrece una generosa propina al taxista, que la acepta de forma natural. En seguida, se aleja de las luces de la fachada principal  al amparo del follaje. El lateral del casino es más discreto. Puertas menos ostentosas dejan entrever camareros relajándose fumando un pitillo o charlando animadamente. Nadie se fija en un hombre bien vestido ni en su maletín.

Michalon se detiene frente a una puerta cerrada con mirilla. Golpea tres veces con decisión y la mira se abre. Alguien desde dentro lo inspecciona y Antoine nota como la transpiración desciende por su cuello, siguiendo la línea de la columna vertebral. Está rígido y derecho. Tiene los nudillos blancos por el inconsciente esfuerzo de aferrar el asa. Finalmente la puerta se abre, dejando ver un pasillo de paredes enteladas y un matón de chaqué que le invita a entregar el maletín con una sonrisa fanfarrona.

No sin cierta reticencia, Antoine cede su presa y con un suspiro entrecortado observa al matón que lo precede por el pasillo oscuro. Es grande como una roca y más duro seguramente. Ahora que Michalon no lleva nada en la mano, su cuerpo se ha encorvado como un tallo de bambú putrefacto. Camina arrastrando los pies, dispuesto a dejarse caer o a que lo derriben, lo que suceda antes.

El matón abre una puerta, la luz se filtra por los laterales de su colosal corpachón y deja ver una sala cubierta de plástico. Paredes empapeladas, suelos enmoquetados, lámparas de cristal, una mesa de madera y cuatro sillas. Todo está forrado. Y huele a lejía. Michalon no es capaz de controlar una náusea. La roca se ríe de su flaqueza pero le ayuda a sentarse a la mesa, donde otros tres hombres se miran con los ojos entrecerrados y pañuelos de lino con sus iniciales en la nariz.

Los demás caballeros ya han ofrecido sus sacrificios. En total el valor de la jugada será de un millón. Michalon no tiene nada más en este mundo que su traje y el contenido de ese maletín. Se pregunta que es lo que tienen los otros.

En la sala plastificada entra un hombre viejo, de aliento fétido y cabello amarillento. Se presenta con un apodo y un revolver que dispone sobre la mesa. Está todo claro. La pistola gira, las cabezas giran, los ojos giran. El cañón apunta al primer hombre. El desdichado suda profusamente, coge la pistola y se la pone en la sien. El viejo recuerda que está prohibido. La norma es poner el cañón en la frente para evitar daños colaterales. Todos ríen nerviosamente. El gordo con el revolver en la frente apenas puede respirar, tiene el dedo agarrotado. Aprieta el gatillo y sus sesos se esparcen por toda la pared.

Mala suerte, dice el viejo acartonado y abre los labios en una mueca que deja ver sus dientes cariados. La mole recoge del suelo la pistola, apartando al muerto de una patada y tirándolo de la silla. La sangre y la lejía se mezclan con el estupor y el revolver vuelve a girar. El cañón apunta al segundo hombre. Es fornido y bigotudo. Su masa cerebral no tarda en crear un collage macabro sobre el plástico.

Cada vez hace más calor en la pequeña sala. Antoine mira silencioso a su compañero. Puede ver la mezcla de deseo y terror en sus ojos. El revólver gira, gira, parece no parar nunca, pero para. Está apuntando a Antoine. Es su turno. Las cosas si se hacen rápido, mucho mejor. Fantasea sobre cómo será el cuadro que forme su sangre al esparcirse sobre el plástico. Algo oscuro y retorcido, sin duda. Aprieta el gatillo pero nada ocurre. Su compañero lo mira con los ojos desorbitados con la certeza del que va a morir.

El viejo anima a Michalon a no perder el tiempo. La suerte es una puta escurridiza, dice. El revolver sobre la mesa, dice. Antoine, deja el arma y el otro la recoge con la mano temblorosa. Es rubio y menudo. La roca se ríe a carcajadas y el viejo bebe un trago de una petaca roñosa en la que Antoine no se había fijado. El rubio aprieta el gatillo y cae haciendo compañía al enmoquetado.

Felicidades señor Michalon, dice la vieja momia. Todo es suyo, menos el diez por ciento, por supuesto. La roca cierra el maletín de Antoine, ahora repleto de dinero y joyas y se lo tiende. Ya sabe donde está la salida. Nosotros nos encargamos del resto. Vuelva pronto.

Antoine mira por última vez la sala y sale corriendo. Nota en el paladar el sabor acre de la bilis subiendo por su garganta. La cara roja, los ojos hinchados, la boca sucia de vómito. Abre la puerta de la calle dando bocanadas como un pez. Se limpia los labios con el pañuelo de lino blanco. Ahora tiene puntos rojos y un pedacito de carne. Vuelve a vomitar.

———————–

Antoine ha vuelto a mirar por la ventana. El mar está en calma y un puñado de yates de lujo se balancean en la bahía. La ropa de etiqueta está tirada por el suelo y no puede parar de llorar. Se lleva las manos a la cara y cae de rodillas. Durante un tiempo indefinido solloza en posición fetal. El dinero y las joyas por el suelo. Qué ironía, piensa Michalon. Nadie controla el azar, como tiene que ser.

Antonie se levanta, recoge la ropa y la coloca en el galán, meticuloso. Abre un cajón y se pone un  pijama. Luego, indiferente abre el cajón contiguo y saca la pistola solitaria. Se mete en la cama y coloca el cañón en su sien. Aquí no hay daños colaterales, piensa mientras aprieta el gatillo.

Anuncios

Acerca de La Guionista Famélica

La Guionista Famélica.
Esta entrada fue publicada en Micro-vidas y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s