El descanso de Zeus


Zeus despertando de un largo sueño. Hera, atendiendo sus necesidades.

Zeus despierta entre cálidos almohadones de plumas con un apetito insaciable.

La aurora de gráciles dedos acaricia sus mejillas dándole la bienvenida desde el reino de Morfeo.

Al abrir los acuosos ojos, Hera acude presta a sus dulces requerimientos.

Sobre él, toda la bóveda celeste descansa de su mecánica, pendiente del más indiferente de sus deseos, como el salvaje potrillo de Tarso que, mordisqueando las patas de su madre, espera temeroso cualquier indicio de sus empeños.

Reparando en sus deseos, Hera, amantísima esposa, reclina su divina cabeza sobre sus fornidas rodillas:

– Prudentísima Hera, de los brazos níveos, acércate presta a escuchar mi invitación. Ha querido el Sueño, engañador de hombres y colector de descontentos, traer ante mí ilusiones de otros tiempos, tomando la figura de Aquiles, hijo de Peleo.

Hera, la del áureo trono, temiendo la ira de Zeus, habló de esta manera:

– Siendo el más poderoso entre los inmortales, ¿qué mal puede causar un espejismo de gloriosas batallas? El de los pies ligeros descansa en el Hades, al igual que los Atridas, líderes de hombres, o Ulises, el artero en palabras. Todos fueron engullidos por Cronos a tu mayor agrado, dejando sólo polvo de sus huesos allí donde hubo poderosas espaldas y fornidos pechos.

Zeus, amontonador de nubes, bajó las cejas, agitando su divina cabellera.

– Escucha en silencio, Hera, pues aunque seas mi esposa no has de torcer mi ánimo o escudriñar más allá de mis palabras. Aquiles, semejante a un dios, con brillantes ojos me habló agriamente e impetuoso sobre el acerado carro, lloraba viendo marchar las cóncavas naves.

Así habló Aquiles:

– Zeus poderoso que llevas la égira. Más te valdría haber sido devorado por tu padre, Saturno, junto con sus otros hijos y haber derramado el icor divino sobre el cosmos, pues tu grandeza palidece. Ilion, la de las anchas calles no es más que piedras sobre piedras y hace tiempo que las veleras naves surcaron el Ponto para encontrar infortunios de regreso a la dulce tierra. ¡Oh, magnánimo señor del Olimpo, escucha mi ruego si en alguna ocasión fueron gratas mis palabras o mis obras a los dioses! Que no saborees el dulce néctar de las sagradas cráteras o te regocijes de los frutos del amor mientras se oscurece nuestra memoria.

Hera, la de las artimañas, turbada ante tal testimonio, sonrosadas las mejillas, acarició las broncíneas grebas del poderoso Zeus, hablando de este modo:

– Padre Zeus, agrias palabras te confiere el divino Aquiles. No acaba de desplegar la aurora su manto azafrán sobre el Olimpo y terribles pesares asolan tu ánimo. Tales afrentas no deben ser sopesadas antes de que la dulce Hebe sirva la dulce ambrosía y rompas el ayuno.

Ligera como el Céfiro, Hebe, la de la eterna juventud, acude rauda presentando el sagrado alimento a Zeus Olímpico, con los ojos bajos  y expresándose de esta forma:

– Zeus, padre de todos los dioses, me complazco en presentarte el sagrado alimento de la inmortalidad. ¿Serás capaz de rechazar mis ofrendas antes de romper el ayuno? Permíteme también escanciar el dulce néctar de las sagradas cráteras que Hera, la de los grandes ojos, trae rauda y ayuda con su fluir al feliz festín.

Zeus, amontonador de nubes, toca la divina barbilla de Hebe levantando su mirada y se complace en los siguientes términos:

-Hebe, respetuosísima hija de Hera, romperé ahora el ayuno con el néctar y la ambrosía puesto que me complacen tus palabras y tus obras, para considerar más tarde los aciagos espectros del pasado.

Sobre los divinos platos de repujada plata y en el interior de la áurea copa, Hera vierte invisibles artificios. Mientras, Zeus contempla a la inmortal Hebe, ansiando el rubor de sus mejillas y sus radiantes labios.

Hera, la del resplandeciente trono, habló enseguida con diestras palabras:

– Virtuosísima Hebe, escancia el sagrado néctar en la áurea copa y permanece a los pies de Zeus Olímpico para todos sus requerimientos puesto que le son gratas tus palabras y tus obras.

Hebe, la de la eterna juventud, obedece en todo a Hera y Zeus, dios de dioses, comienza el festín complaciéndose en la visión a sus pies. Pronto, Zeus reclina sus vigorosos hombros y cierra los inmortales ojos atrayendo el blando sueño.

Hera, de níveos brazos, se pronunció al momento, golpeando en la espinilla al padre celestial:

– Hebe, estoy harta de estas salidas de tono de Zeus. Como si no tuviese suficiente con aguantar sus desvaríos, tengo que ver cómo se queda atontado mirando a mi propia hija y temiendo que la posea frente a mí. ¿No me dijiste que esa droga que te dio Apolo duraría por lo menos un siglo más?

– Divina Hera, la del trono resplandeciente…

– ¡Por favor, Hebe! Deja ya de decir tonterías. Estamos en el siglo veintiuno. Espero que esta nueva sustancia no le dé pesadillas. Si llega a enterarse de que hace más de mil quinientos años que está dormido ya nos veo arrojados al Tártaro.

– Madre… no digas eso ni en broma. Estoy a un tris de ganar el Oscar.

– ¿Qué me dices? Hace décadas que no hablamos… tenemos que ponernos al día.

– Claro. Si solo me llamas cuando el viejo se despierta te pierdes lo mejor.

– Pues vamos a tomarnos una copa. Creo que Hefesto acaba de terminar el nuevo modelo de Porsche y seguro que nos lleva a Mónaco a lucirlo.

Acerca de La Guionista Famélica

La Guionista Famélica.
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