De cómo no hay dos sin tres.


Mi casa, vosotros. Vosotros, mi casa

Ya, ya lo sé. Os moríais sin mi presencia. Yo también me moría, pero figuradamente porque ya sabéis que soy eternamente joven. Vamos, la típica guionista que vive para siempre. ¿Cómo decís? ¿Qué a nadie le importo nada?… Jo.

¿No veis que estoy de bajón? ¿Dónde está el contrato social que impide a la gente ir diciendo lo primero que se le pase por la cabeza?… en fin, no pienso ahondar en esas cabezas psicóticas vuestras. Pero lo que sí pienso hacer es contaros un par de cositas, os guste o no, que para eso me dio el Hombre de Rojo esta verbigracia y esta donosura en la artesanía de la palabra.

Seguramente estaréis deseando saber lo que pasó cuando contraté al Exorcista. Sólo os diré un par de palabras: HOTEL GRATIS, con luces rojas de neón y una flecha señalando a mi casa.

Y ahora que lo pienso, nunca os he hablado de mi casa. Para ello debería remontarme en el tiempo hacia mis ancestros, porque esta casa lleva aquí más tiempo que la saga de Freddy Krueger. Sin embargo, hoy estoy de bajón y sólo os diré que es una mansión pseudovictoriana en lo alto de una colina en el mismísimo centro de la ciudad.

La distribución de la casa es confusa, aunque a su favor hay que decir que más por dentro que por fuera y que eso la hace substancialmente espaciosa. Lo malo es que a veces voy a desayunar a la cocina y en vez de ponerme un té con leche me encuentro con una mazmorra llena de cadáveres. Eso siempre es un coñazo. Que si limpia la mugre, que si pon unos jarroncitos con flores para alegrar un poco, que si barre los huesos…y por supuesto, el eterno dilema: si queda carne en el hueso, ¿va a orgánico o a crematorio? Y con tanta disyuntiva, ya se te ha pasado el estómago.

Pero son tontadas, ¿que no? En estos tiempos que corren, todo el mundo mataría por vivir en mi casa. Mirad, hay muchas ventajas.

1.- No tengo falta de espacio: la última vez conté 25 habitaciones, pero la cantidad va variando de tanto en tanto. Hay unos 7 baños completos, uno de ellos con jacuzzi (sólo he dado con él dos veces, pero menuda fiesta de la espuma). Era moderno, limpio y tenía una cestita de geles de lavanda. Fue como sintonizar un canal de películas gratis sabiendo que no lo tienes contratado. Luego está el gran salón de baile, la mazmorra, la sala de los espejos que te miran (sin comentarios), el invernadero que va necesitando una poda, por cierto. Luego está el panteón familiar, un par de cocinas y la sala misteriosa. La sala misteriosa tiene una cerradura del siglo XV y no tengo la llave. Para vuestra información, sí que intenté abrirla a lo bestia, pero entonces empecé a oir ciertos gritos exasperantes provenientes del interior y decidí que había alguien dentro que tenía todo el derecho a su propia intimidad. ¿Qué cómo soy capaz de saber dónde está mi habitación? Ahhh, queridos míos. Mi habitación está donde hay un enchufe para conectar el portátil. La casa se encarga de lo demás. Y es muy buena excepto con la comida y la ropa. De la comida pasa olímpicamente y lo de la ropa es toda una historia. Cada vez que abro un armario cruzo los dedos para que no haya un corsé y un polisón. De todas formas hemos mejorado. El otro día metí un Fotogramas antiguo en un armario y avanzamos hasta los años veinte…por el estreno de “Chicago”. Me encantan los vestidos de flecos.

2.- Nadie se atreve a pasar de la verja herrumbrosa. Eso siempre es un punto positivo. Jamás me han robado nada. Eso sí, a veces echo en falta los timbrazos del de la propaganda o del niño que quiere llamar y salir corriendo…por no mencionar que los del supermercado me dejan la compra al final del camino, los de la televisión por satélite se pusieron de rodillas para no tener que subir al tejado y sobrevivo vampirizando el wifi de mi encantador vecino.

3.- Vivo en pleno centro…

¡Pero qué estoy diciendo! Debo estar sufriendo el Síndrome de Estocolmo. Esta casa es lo peor que me ha pasado en la vida.

Me observa.

Lo sabe todo.

Nunca está limpia.

Atrae al mal como la luz a las polillas.

Incluso yo me estoy volviendo maaaaaalaaaaaa.

Esta obsesión por escribir la pieza de ficción perfecta está acabando conmigo. Ya no puedo más. Y ahora tengo apalancado al puto Bitelchús en uno de los cuartos de invitados. Parece ser que hacía siglos que él y Tim no se veían y se pasan el día de juerga, con la música alta y haciendo aparecer gusanos de arena que me lo dejan todo perdido. Y han aceptado a Grumito en el grupo. Debería sacarme los ojos.

Si ya se lo dije a mis padres…no os quedéis con la casa de los abuelos. Esa casa tiene algo raro, algo que no se puede explicar. Vendedla ahora, que estáis a tiempo y quitadle el cartel de Motel Bates. Eso, lo primero.

Acerca de La Guionista Famélica

La Guionista Famélica.
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3 respuestas a De cómo no hay dos sin tres.

  1. Pingback: De cómo coincidí con Tadeo Jones (y Mario Casas) | Cambio guión por comida

  2. Deanganga dijo:

    Querida guionista famélica.
    Puedes alquilar habitaciones a jóvenes aspirantes a guionistas y torturarlos hasta que se den cuenta de su mala decisión al elegir profesión.
    Saludos

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